Límites

Qué fácil puede ser dejarse llevar por una marea, a ir navegando en la vida, despertando cada día y durmiendo cada noche ya acostumbrados, a que la vida es así, que así nos tocó y que es normal vivir con altibajos o sin alguna dirección.

Aunque la ansiedad, la depresión, los ataques de ira, y la preocupación abundan como modo de vida, estos no son el común denominador. La inestabilidad podría disfrazarse de “ya hombre, es lo normal”, “así ha sido siempre”, “así me tocó, algunos son privilegiados o más fuertes, no hay nada que hacer”. Pero siempre hay algo por hacer, y, si nos damos permiso de buscar, <arpas sonando> puede ser que encontremos la solución.

Siempre hay una causa para estos desbalances emocionales, y en este artículo hablaremos de una de ellas: los límites o más bien, la falta de ellos.

Las relaciones interpersonales son necesarias en la vida del ser humano. Nacemos siendo parte de una familia, y solo nos alejamos de ella para ingresar a otros grupos de comunidad, trabajo, amigos y/o pareja.

Debido a que el hombre necesita poder depender de otros para sobrevivir, nuestra mente se ha programado para atesorar a aquellos miembros de nuestro círculo cercano. Tanto, que en vista de ya sea sacrificar el bienestar propio o arriesgar a una de estas relaciones, es común que se elija a la primera.

A pesar de tener una razón evolutiva, que es rodearnos de gente con tal de aumentar las probabilidades de sobrevivencia, este comportamiento puede causar mucho, mucho, daño. Tener una definición clara de cuáles son nuestros límites podría ayudarnos a definir lo que soy “yo”, donde termina uno y comienza el otro. También, a que solo somos responsables por lo que es nuestro y que no somos responsables por lo que es de los demás.

¿Qué es tuyo?

1. Tu tiempo. Cómo, con quién y haciendo qué, decidas invertirlo es una decisión que solo a ti te pertenece.

2. Tus sentimientos. Solo tú sentirás esa felicidad, o esa depresión. Solo tú puedes moderar tu enojo, o reflexionar acerca de tus miedos o culpas. Y viceversa. No puedes hacer mucho por cambiar a alguien que es impulsivo, envidioso o inseguro. Puedes ofrecer tu apoyo, pero tomar los sentimientos del otro como tu proyecto sería una pérdida de tiempo y energía.

3. Tus decisiones. Tomar una decisión por alguien o dejar que otros elijan por ti, es como tomar un trago de veneno de ratas (sí, así de malo). Eres la persona que más te conoce, y, por lo tanto, la más indicada para saber lo que es mejor para ti. Escuchar consejos puede ser bueno, pero la última palabra en tu vida la debes tener tú.

4. Tus pensamientos, tu cuerpo, tu dinero, tus sueños, tus anhelos. Todos estos son tu responsabilidad.

 

En papel, lo anterior podría parecer algo obvio. En la práctica, la vida diaria está repleta de situaciones en las que estas líneas pueden verse muy, muy borrosas.

Los siguientes son algunos ejemplos de una persona con falta de límites:

“Me siento mal y prefiero no ir a la fiesta, pero aún así, iré. Si no, podrían pensar “mal” de mi.”

“Mi mejor amiga me dijo cosas hirientes, pero mejor no hablaré con ella al respecto, no quiero hacer drama.

“Yo tenía muy claro que mi elección de carrera profesional iba a ser leyes. Pero elegí estudiar administración por que mi mamá insistió que esto era lo mejor para mi. Ya voy en mi tercer de semestre y no tengo interés sobre las clases. No dejo de pensar en el hubiera.”

“Si no aconsejo bien a mi hijo, podría equivocarse, y aunque ya es mayor de edad, esto sería mi culpa.”

“Mi pareja amenazó con golpearme, pero yo estaba hablando mucho, me lo “merecía”.

 

Aunque podríamos identificar que estos comportamientos no son los ideales, en cada uno de los casos el protagonista se ha sumergido en patrones que lo han acostumbrado a cuidar o preocuparse por los sentimientos/deseos de los demás en lugar de por si mismo, quien irónicamente es quien más requiere de su propia atención.

Y entonces, a pesar de que nuestro propio ser nos pida con todas sus fuerzas que nos alimentemos, cuidemos y defendamos, el miedo de ser abandonados o de ser rechazados puede ser tan potente, que nos impida delimitar estas barreras que le digan al otro: “a partir de aquí, no puedes pasar”.

Entre las parejas, esto puede ser un causante de infidelidad. Si uno se acostumbró a que le es permitido devaluar o dañar al otro, ser infiel es probablemente lo que siga en la lista. Y ciertamente, ¿qué consecuencias podría esperar recibir? Hasta el momento se ha salido con la suya. ¿Qué lo/a detendría de hacerlo ahora?

El principal riesgo de no poner límites es el dejar una puerta abierta para que los demás puedan entrometerse en lo que es nuestra propiedad. Y no es que los otros tengan malas intenciones. En el caso de nuestros seres queridos, lo más probable que quieran lo mejor para nosotros. Sin embargo, esto no los exenta de cometer errores, lesionar, insultar o de tener hambre y sed de poder y control. Pero el poner un alto, eso solo nos concierna a nosotros.

Cada acción tiene una reacción y si la persona que nos hizo un mal no recibe consecuencias proporcionales de nuestra parte, ese mal no tendrá de otra más que dirigirse hacia nosotros. Cuando sucede esto, es como si nos tragáramos un veneno llamado: “No eres valioso”, y así, nos hundimos a nosotros mismos cada ves más. Llega el punto en el que esto se vuelve tan constante o común, que ya no logramos distinguir a esa alarma que nos dice: algo anda mal. Es en estos momentos cuando malestares como la ansiedad, depresión, obesidad y/o baja autoestima nos tocan la puerta. Y nosotros, los dejamos entrar.

Ahora, no estoy hablando del famoso “ojo por ojo” o “diente por diente”. A que, si un padre ataca con críticas nuestra forma de ser, nosotros lo atacáramos de vuelta. Esto solo creará un ciclo de agresión, violencia y rencor.

Me refiero a no permitir. A poner estas barreras sobre lo que es nuestro. Somos valiosos y por lo tanto merecemos de nuestra protección. Si esa amiga nos lastimó, ¿por qué no enfrentarla con la verdad? “Me dolió que me insultaras.” ¿Por qué permitir que la otra persona nos dañe sin siquiera hacerle saber que nos hizo daño? No somos de plástico para estar recibiendo malos tratos y aún así no sentir nada. Otra opción es usar de lo que es nuestro para poner un espacio proporcional, físico o emocional sobre la relación. Si tu pareja te alzó la voz, en lugar de devolverle la agresión, siempre hay la opción de decir: “Si no moderas tu tono de voz en 5 segundos, me iré a otro cuarto hasta que puedas hablar más tranquilo.” o “Puedes gritar lo que quieras, pero yo no tengo que quedarme ahí para escucharte”. Y irnos.

Las acciones o comportamientos de los demás no están bajo nuestro control, pero los nuestros sí.

Con este tipo de reacciones, usaremos nuestro poder para decidir si aceptar o no el comportamiento ajeno. Y así, proteger el tesoro que somos.

Solo tenemos una vida, un cuerpo. El decidir vivir bien o no es nuestra responsabilidad. El aceptar maltrato o no solo nos concierna a nosotros.

La cuestión no es sobre si tienes poder; todos los humanos tenemos una porción de esa fuerza que nos permite manejar el rumbo de nuestras vidas y tomar las riendas de nuestras relaciones.

La verdadera pregunta es:

¿Lo vas a usar?