La expedición

No tenía por qué tener miedo. Después de tantos años, finalmente me encontraba frente a ella. Frente a mi perla.

Había creído que encontrarla sería una tarea fácil. Ahora, “fácil” sería la última palabra que designaría a esta expedición. No existían mapas, pasos, ni direcciones. El rumbo por el cual algunos se habían acercado a encontrarla, era el mismo por el que otros se habían topado con muros.

Era lo que todos querían. Encontrar su perla. Se decía que había bastantes de estas en el mundo. De hecho, se decía que había exactamente una para cada ser humano. Curiosamente pocos habían tenido la fortuna de encontrar la suya. Y mantenerla por periodos de tiempo prolongados era aun más extraño. Estas reliquias pueden estar custodiadas por 500 soldados armados y bajo 1,000 candados de acero y aún así, cuando llega el momento de su partida, parten. Cualquiera que haya tenido a la perla en sus manos te puede decir que un día despertaron y ésta ya no estaba, como si se hubiera esfumado o si algún espíritu maligno se la hubiera llevado. Lo que comúnmente sucedía después de estas desapariciones era negación, furia, decepción y finalmente, volverla a buscar.

Mi hermano mayor la tuvo consigo hace unos meses. Dice que la experiencia de buscarla, encontrarla y tenerla, ha hecho que su vida tome sentido. Que en el periodo de tiempo que la tenía en su posesión, cada decisión que tomaba surgía del amor. Veía lo bueno en cada situación. Encontraba la oportunidad en cada reto. Se sentía realizado, cada minuto del día.

En mi caso, yo no había sido tan suertudo. Por más esfuerzo, dedicación y destreza que invirtiera en la búsqueda, no había logrado encontrarla. Para serte sincero, a estas alturas del partido ya me encontraba más cerca de rendirme que de volver a intentar. Podía percibir que mis fuerzas, unos líquidos que me saciaban el alma, se evaporaban poco a poco.

Algunos días despertaba y ni siquiera recordaba la existencia de estas perlas. Estos eran los más duros, pues al llegar la noche me encontraba desairado, sin rumbo. Otros días dudaba sobre si todo este armamento comunal sería o no fuente de algún mito. Y surgían las preguntas: ¿cómo luchar por encontrar algo que no me consta que existe? ¿por qué dedicar mis días a perseguir un objeto que podría ser solo un invento?

Desde que tengo memoria, la estrategia que había elegido seguir (inconscientemente más que conscientemente, diría yo) había sido el seguir el rumbo y los consejos de aquellos quienes ya las habían encontrado en algún momento de sus vidas. Pues ¿quién mejor que ellos para indicar mi camino? O al menos eso creía. A mis largos años de vida, había caminado kilómetros que otros ya habían caminado, escalado montañas que otros ya habían escalado y nadado lagos por los que otros ya habían nadado.

Generalmente terminaba exhausto de estas jornadas, pero los líderes de estos grupos de la expedición aseguraban que así era como debía ser. Que siguiendo el camino recorrido era como llegaría a mi perla.

Así fue como un día, lleno de desesperación y abrumado por la angustia, decidí alejarme de todo esto. Me fui lejos, a un monte desconocido, donde nadie me podría encontrar. Recuerdo que ese día le hablé al universo, a Dios, o a como sea que le llamen en tu pueblo. Recuerdo que tuve que hacer a un lado los consejos, las guías, los cómo hacerle’s que merodeaban por mi mente, para lograr escuchar lo que Este me quería decir.

No era un proceso sencillo. Estiraba y estiraba a la liga de mi mente, pero eventualmente esta se cansaba y regresaba a su estado normal. A las dudas y al enfoque en el exterior.

Pero sabía que me acercaba a encontrarla. Esto lo sé por que una parte de mi, en un espacio de mi pecho, por donde está el corazón, comenzaba a vibrar. No era una vibración de miedo, ni de ansiedad. Más bien era un tipo de sintonía, donde la tranquilidad y la certeza se unían, creando un estado de presencia, donde no quería estar en el ayer ni en el mañana. Donde estaba, ahí, estaba bien.

Así que volví a intentar.

Otra ves, comencé a ignorar el exterior, y a invocar a mi dios, a mi fuerza. Las dudas otra ves amenazaron con desconcentrarme, pero no cedí. Sabía. Poco a poco, la fuerza se apoderó de mi. Y comencé a caminar. No recuerdo cuanto tiempo caminé ni hacia donde. Lo que sí es que comencé a sentir la vibración. No me detuve. De repente, abrí los ojos y la vi.

Blanca, luminosa, redonda.

Mi perla.