Visión trunca

De pequeña, mi vista no llegaba tan lejos. Podía ver, desde donde estaba parada, a 30 metros más adelante. Ni uno más, ni uno menos.

Como con muchas otras cosas en la vida, me acostumbré a que así fuera. Tampoco conocía algo más, ni a alguien que me dijera que podía ser diferente.

Por esto aprendí a seguir los bloques. No importa qué hiciera, o qué paso había tomado antes, siempre había uno nuevo por seguir. Podía observarlos con anticipación y con mucha claridad. Y la certidumbre que me daba el tomarlos era confortadora. Cómoda. Qué extraño, no era la primera palabra que se me viniera a la mente sobre mi.

Un día de cada muchos, observaba que algunos de los otros jugadores se aventuraban y tomaban atajos. Puentes, escaleras, resbaladillas. “¿Dónde los encontrarán?” me preguntaba. Yo nunca los había encontrado ni conocía las direcciones para llegar a estos pasadizos. Ideaba que los otros conocían algo que yo no o que simplemente era algo que no estaba destinado para mi.

Y regresaba a lo mío. Al siguiente bloque.

Si te soy sincera, no la pasaba tan mal, pero tampoco tan bien. Miraba a mi alrededor y veía a algunos recostados en los valles, hundidos. También veía a otros brincando en las alturas, gozando. Yo, nada de eso. Los veía de lo lejos, a ambos. Y los juzgaba. Eso me reconfortaba aún más, validándome a mi misma de que iba por el “camino correcto”.

Un día, escarbando en la tierra, encontré una estrellita.

No era la primera ves que hallaba una de estas, pero la luz que tenían era tan llamativa, que al admirarlas se volvía tentador el perder de mira a los bloques. Hasta ese día, había preferido mejor desecharlas si me las topaba en el camino. Me hacía sentir muy responsable hacer esto.

Admito decir, que ese día, la curiosidad se apoderó de mi. Mi mente se sumergió tanto en los destellos y en cómo estos irradiaban calor, electricidad, intensidad. Que me distraje. No me di cuenta que la estrellita se movía, y yo, persiguiéndola, caminaba hacia otro lado. Hacia un lugar donde no había bloques.

Mi primera reacción fue pánico. Después miedo. Finalmente, culpa. Mucha culpa.

“¡No sé dónde estoy! ¿ahora qué haré? ¿cómo regresaré a el camino? ¿¡cómo pude atreverme a hacer esto?! Eso me pasa por andar de distraída.” Todos estos pensamientos y más, algunos mucho más crueles, cruzaban por mi mente.

No me quedó de otra más que obligarme a regresar a la calma. “Respira,” me decía una voz que no reconocía muy bien. “Inhala, exhala.”

Después de más de 50 respiraciones, o lo que se sintió como un mes entero, un objeto se revelaba frente a mi. “¡Mi querido bloque!, anhelaba. Pero no, era otra estrellita.

Otra ves en pánico, enojada, quería alejarme de esta, de la que me había alejado de mi seguridad, de mi “protección”.

Pero con el pasar de los segundos, surgía del fondo de mi otro sentimiento, uno más sutil, que me emocionaba, y me decía: “Anímate. Síguelas”.

Ahora, años después, me podrás encontrar en las resbaladillas, en los puentes, en las escaleras. Algunos días en los valles, otros en las alturas. Muchos solamente en las praderas, en lo plano, mientras llega la siguiente fuerza que me vuelve a subir o bajar. Yo elijo el rumbo, pero ya no sigo a los bloques. A esos los dejé muy lejos. Atrás.

Hace poco me topé a uno. Al verlo, me desconcerté. “Hace rato que no te veía viejo amigo”, le dije en voz alta. “me fuiste útil”.

Y en lugar de ir a abrazarlo, a reconfortarme en la seguridad que tanto me daba en aquellos tiempos, me di la media vuelta, y caminé al lado opuesto.

Hacia las estrellitas.